viernes 16 de enero de 2009

Salazar: Virtudes del cochino


Bien dicen Teresa de Santos e Ignacio Sanz en La matanza del puerco que este texto no es muy fácil de encontrar. Aquí lo tenemos en una edición de 1943, unido en el mismo volumen con algo tan elevado como los Aforismos de Tácito de Arias Montano. Hablamos del Tesoro de diversa lección de Ambrosio de Salazar, que se publicó en París en 1636 para que gabachos estudiantes de la lengua española se ejercitaran con la lectura de curiosidades variopintas. Fieles a nuestro propósito de distraernos y distraer de tanta catástrofe y bellaquería como se nos han echado encima, y al todavía más loable de colocar en la red cosa antigua que en la red no esté, damos aquí con todos sus puntos y comas el capítulo que lleva por título

DEL COCHINO

El cochino es animal feroz, imprudente e iracundo y de su naturaleza muy perezoso y sucio, impaciente y gruñidor.

De do dice el refrán: Quien quisiere ruido críe cochino, y del cual dice Aristóteles: Que es incapaz de recibir disciplina ni buena costumbre, como el elefante y otros animales, y siempre se queda sino indómito y feroz.

El jabalí es mucho más terrible y bravo que el casero, porque es fortísimo en los dientes y están siempre destinados a la muerte, porque no son de ningún provecho mientras viven.

Dicen los naturalistas: Que si lo van a cazar y él ha meado antes, o si persiguiendo lo dan tiempo de mear, nunca le podrán alcanzar, porque aliviada la vejiga se hace terrible y ligerísimo, buscando los riscos y malezas. Pero si luego por la mañana, antes de haber meado, los cazadores le dan priesa lo cogerán fácilmente. Con todo, el cazador vaya sobre sí y guarde de errar el asalto, porque su furia es terrible y los colmillos no son menos que puntas de acero. Si acaso acierta huyendo a tomar una cuesta arriba es en vano el perseguirlo. Pero si acierta a huir cuesta abajo, presto dan con él en tierra y lo rinden, porque como tienen las manos o pies delanteros cortos más que los traseros, luego dan de hocicos y quedan tendidos, y si acaso han de pasar algún río a nado ellos propios se degüellan con las manos por tenerlas tan cortas.

Estos animales son muy buenos para la gente del campo. Se sirven para la provisión y mantenimiento de la casa, porque no hay carne fresca ni salada que tanto cunda y aproveche como la del tocino y enriquece la casa de quien los cría, para granjear con ellos, por lo mucho que paren si son bien sustentados. Y más que paren dos veces al año y cada vez siete, ocho y nueve y aun algo más.

Cada uno se guarde de dejarlos ir sueltos por la casa y más el que tiene hijos recién nacidos, porque se comerán un niño como si comiesen salvado y no es tanto comerse los hijos ajenos, pues que con la hambre se comen los suyos propios, y si no los ponen una argollita en las narices son bastantes a derribar una casa, porque todo lo trastornan con los hocicos o narices hasta descubrir el fundamento de las paredes.

Entre todas las carnes que tienen el pelo agudo, la mejor y de más gusto es la del tocino y dicen los autores infra escritos, que que son Columelo, Crecentino, Lactancio, Herrera y Plinio, que el cochino tiene las virtudes siguientes:

La gordura del tocino derretida en vinagre y lavada con dos o tres aguas vale para quitar y lavar el ardor de cualquier quemadura.

El saín del puerco es bueno para madurar y ablandar toda hinchazón y apostema.

El mismo saín o gordura mata los piojos y liendres de la cabeza y de cualquier otra parte.

El tuétano de las quijadas de puerco quita el dolor de los dientes.

La gordura comida cruda vale contra toda ponzoña.

La piel de los jabalíes es muy buena para hacer suelas de zapatos para tiempo seco.

La orina del cochino mezclada con aceite rosado quita el impedimento del oír y cualquiera dolor de las orejas y deshace las piedras de la vejiga.

El estiércol del jabalí seco hecho polvos y bebidos con vino hacen retener las cámaras, aunque sean de sangre.

El pulmón del cochino cocido y comido antes de beber quita la embriaguez.

El celebro del cochino sana los carbunclos.

Untando muy bien la landre con el sain del puerco y estregando después con un paño de lana caliente deshará la ponzoña sin pasar adelante.

Benito Arias Montano, Aforismos de Tácito; Ambrosio de Salazar, Tesoro de diversa lección, Madrid, Atlas, 1943, pp. 145-146.
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lunes 26 de mayo de 2008

Penitencial



[Ramos Sucre nunca defrauda:]

El caballero de túnica de grana, la misma de su efigie de mártir, aspira a divertirse del enfado jugando con un guante.
Oye en secreto los llamamientos de una voluntad omnímoda y presume el fin de su grandeza, el olvido en la cripta desnuda, salvo el tapiz de una araña abismada en el cómputo de la eternidad. Ha recibido una noche, de un monje ciego, una corona risible de paja.
El caballero se encamina a verse con el prior de una religión adusta y le propone la inquietud, el ansia del retiro. Los adversarios se regocijan esparciendo rumores falaces y lo devuelven a la polémica del mundo.
Las mujeres y los niños lamentan la muerte del caballero inimitable en la mañana de un día previsto, censuran el éxito de su cuadrilla pusilánime y besan la tierra para desviar los furores de la venganza. El cielo negro, mortificado, oprime la ciudad y desprende a veces una lluvia cálida.

José Antonio Ramos Sucre, Las formas del fuego, Madrid, Siruela, 1988, p. 210.
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domingo 25 de mayo de 2008

El hallazgo



[Ramos Sucre nunca defrauda:]

Los marinos me habían acostado en el ataúd de sicomoro, habilitándome para el sueño subterráneo. Se ausentaron después de ensayar conmigo una planta de cebolla, de olor nauseabundo. Me dieron a beber el zumo de sus hojas velludas y de su raíz, del grueso de un dedo. Se pagaba del suelo secano y sus flores apacentaban la voracidad de un enjambre de sabandijas de coselete doble, abastecidas con el aparejo de un verdugo.
El dolor de cabeza y un ligero frenesí me asaltaron después del cesamiento del sopor. No vi sino imágenes de espanto y de crueldad. Un pájaro se ensañaba con su hijo.
He roto sin darme cuenta la cifra de un pensamiento inexpresable, dibujada en la frente de un monolito, y miré alzarse delante de mí una serie de estatuas indignadas, de ojos de esmalte.
He desechado, recelando una perfidia, la nave suelta en el vecino río de lodo, en medio de una selva marchita.
Esforcé el paso en demanda de un monte sereno, en donde nacieron y posaron la planta fugitiva, una vez proscritos, los númenes alegres del paraje.
Descubrí una lápida adherida a un sitio inaccesible de la cuesta, y la alcancé a rastras y jadeando. Mostraba, a manera de señal, una figura humana terminada en el pico de un ave rapaz. Cedió fácilmente al empuje de mis manos y dejó ver un aposento húmedo y fosforescente.
He escondido de los compañeros infieles el secreto de mi riqueza inagotable.

José Antonio Ramos Sucre, Las formas del fuego, Madrid, Siruela, 1988, p. 525.
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viernes 23 de mayo de 2008

El duende


[Ramos Sucre nunca defrauda:]

El cardenal me circunvenía y agasajaba desde cuando sorprendí sus trampas en el juego. Yo había militado en garitos innumerables.
La ambición terrestre lo había desviado de contraer los votos del sacerdocio. Los murmuradores le imputaban el proyecto de ganar cabida y mando en una familia arrogante, por medio de un casamiento secreto.
Se acercaba constantemente al objeto de sus afanes. Una mujer del linaje soberbio se desvelaba al lado de su consorte, reducido a los huesos por un mal progresivo, y esperaba a cada paso la viudez.
El Sumo Pontífice, animado de una sana intención, me despidió de entre sus familiares, revueltos contra mí por el cardenal, y me confió un recado para la diócesis de Rávena. Yo estaba prendado de la belleza antigua y su ritmo preciso y censuré, en la ciudad de mi destierro, el arte pródigo de los bizantinos y el desvarío de Dante, un poeta absurdo, sepultado allí mismo.
He rastreado los motivos del cardenal en contra de mi persona y dignidad. Acaso me creyó en la pista de sus relaciones culpables con una ralea sindicada. Un niño díscolo, el más consentido de sus servidores, me derribó en su palacio, enredándome con un hilo invisible, y yo lo azoté a mi satisfacción. El cardenal lo había tomado de los brazos de una mujer aviesa, reliquia de una tribu de idólatras.

José Antonio Ramos Sucre, Las formas del fuego, Madrid, Siruela, 1987, p. 214.
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Feijoo y ellos



Lo que he dicho arriba, que la oposición de dos naciones viene de las guerras, y hostilidades, que recíprocamente se han hecho, se debe entender por lo común, y no con la exclusión de que tal vez intervenga otra causa. Vése esto en la oposición de los turcos [léase: suníes] con los persas [léase: chiíes], la cual es la más enconada que hay en el mundo entre naciones diferentes. Siendo tanta la ojeriza que los turcos tienen con los cristianos, es sin comparación mayor su aversión a los persas. Ningún oprobio les parece bastante para exprimir [léase: expresar] el desprecio que deben hacer de aquella nación. Esto llega a la extravagancia de ser entre ellos como proverbio, que la lengua turca ha de ser la única que se hable en el Paraíso, y la persiana en el Infierno.

Todo este encono nace únicamente de diferencia en materia de religión. Siendo todos mahometanos, se tratan recíprocamente como herejes. Mutuamente se imputan haber corrompido algunos textos del Alcorán; como si aquel disparatadísimo libro fuese capaz de más corrupción que la que trae de su original. Pero el punto capital de la disensión está en que los turcos veneran a Abubequer, Othman, y Omar, como que fueron los tres primeros califas, o pontífices sumos, sucesores de Mahoma; los persas les niegan este carácter, y colocan por primer califa a Alí, primo hermano, y yerno de Mahoma.

Por divertir al lector con una cosa graciosa, y para que vea el horror que tienen los turcos a los persas, pondré aquí la conclusión de la bula de anatema, que contra ellos expidió el Musti Esad Efendi, y la trae en el segundo libro de su Historia del Imperio Othomano el señor Rikaut, que dice haberla copiado de un manuscrito antiguo, que halló en Constantinopla. Después de enumerar el Musti Othomano los capítulos por donde los persas son herejes, y malditos de Dios, prosigue así: Por lo cual claramente conocemos que vosotros sois los más pertinaces, y pestilentes enemigos nuestros que hay en todo el mundo, pues sois más crueles para nosotros que los Jecidas, los Kiasiros, los Zindikos, y los Durzianos; y por comprehenderlo todo en una palabra, vosotros sois el compendio de todas las maldades, y delitos. Cualquiera cristiano, o judío puede tener esperanza de ser algún tiempo verdadero fiel; pero vosotros no podéis esperar esto. Por tanto yo, en virtud de la autoridad que recibí del mismo Mahoma, en consideración de vuestra infidelidad, y vuestras maldades, abierta, y claramente defino, que a cualquiera fiel, de cualquiera nación que sea, le es lícito mataros, destruiros, y exterminaros. Si aquel que mata a un cristiano rebelde hace una obra grata a Dios; el que mata a un persa hace un mérito que merece setenta veces mayor premio. Espero también que la Divina Majestad en el día del Juicio os ha de obligar a servir a los judíos, y llevarlos a cuestas, a manera de jumentos suyos; y que aquella nación infeliz, que es el oprobio de todo el mundo, ha de montar sobre vosotros, y a espolazos os ha de encaminar a toda priesa al Infierno. Espero, en fin, que muy presto seréis destruidos por nosotros, por los tártaros, por los indios, y por nuestros hermanos, y colegas de religión los árabes. Pensamientos, y amenazas dignas de un sectario de Mahoma. El caso es, que esta terrible excomunión parece que fue oración de salud para los persas, pues después acá, en los encuentros que se han ofrecido, por la mayor parte dieron en la cabeza a los turcos. ¿A quién no moverá a risa ver con cuánta satisfacción de la buena causa que defienden, se capitulan unos a otros sobre puntos de religión aquellos bárbaros?

Quis ferat Gracchos de seditione querentes?

Benito Jerónimo Feijoo, Teatro crítico universal , vol. II, Madrid, 1773:Discurso IX, Antipatía de franceses, y españoles, págs. 227-228.

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miércoles 21 de mayo de 2008

San Isidro preautonómico


De las naciones víctimas, himnos al santo patrón del vil opresor:

I
Madrilen dago bataiatua
doai txit aundiz yantzia
ta San Andresko parokian du
zeruetako erentzia.
Egunik egun bete arteraiño
ontasunezko ituria,
apal-apalik aingerutxoak
bezain arima txuria.

II
Isidro orek Moisesen gisa
jo du aculuz aria
esanez "Jaunak nai zuenean
emen bazan iduria"
esan da egin an agertu zan
ujaldegi izugaria,
orduan ari ta orain askori
ilizen dio egaria:
Madrilen dagon printzipalena
urasen dago jaria.

TRADUCCIÓN.-- I: Está bautizado en Madrid, revestido de altísimos dones, y tiene en la parroquia de San Andrés la herencia celestial. De día en día, hasta llenar la fuente de la bondad, su alma (es) tan blanca como los ángeles.
II: Ese Isidro, como Moisés, ha golpeado la piedra con la aguijada, diciendo: "Cuando el Señor quiso, aquí hubo imagen" (sic). Dicho y hecho, allí apareció espantoso diluvio (sic); entonces a aquél y ahora a muchos apaga la sed: el principal en Madrid está allí él constituido.

(R. Mª de Azcue, Cancionero popular vasco, IX, p. 887.)


Puix que sempre sou estat
de pagesos gran honor,
guardeu-nos sempre de mal
Sant Isidro Llaurador.
De pedra guardeu los blats
si us reclamen de bon cor,
cureu coisos ulcerats
de tot mal febre i dolor,
medicina cordial
contra qualsevol rencor.

(Dr. Castillo de Lucas, Folklore médico-religioso, p. 46.)

Y todo ello transcrito de
Bonifacio Gil, La fama de Madrid según la tradición popular, Madrid, Acies, 1958, pp. 189 y 194.
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Lo primero


La Oruga y Alicia se estuvieron mirando un rato en silencio. Por fin la Oruga se sacó la pipa de la boca y se dirigió a la niña en voz lánguida y adormilada.
--¿Quién eres ? --preguntó.
No era una forma demasiado alentadora de empezar una conversación. Alicia contestó un poco intimidada:
--Apenas sé, señora, lo que soy en este momento... Sí sé quién era al levantarme esta mañana, pero creo que he cambiado varias veces desde entonces.
--¿Qué quieres decir con eso? --preguntó la Oruga con severidad--. ¡A ver si te aclaras contigo misma!
--Temo que no puedo aclarar nada conmigo misma, señora --dijo Alicia--, porque yo no soy yo misma, ya lo ve.
--No veo nada --protestó la Oruga.
--Temo no poder explicarlo con más claridad --insistió Alicia con voz amable--, porque para empezar ni siquiera lo entiendo yo misma, y eso de cambiar tantas veces de estatura en un solo día resulta bastante desconcertante.
--No resulta nada --replicó la Oruga.
--Bueno, quizás usted no haya sentido hasta ahora nada parecido, pero, cuando se convierta en crisálida, cosa que ocurrirá cualquier día, y después en mariposa, me parece que todo le parecerá un poco raro, ¿no cree?
--Ni pizca --declaró la Oruga.
--Bueno, quizás los sentimientos de usted sean distintos a los míos, porque le aseguro que a mí me parecería muy raro.
--¡A ti! --dijo la Oruga con desprecio--. ¿Quién eres ?
Con lo cual volvían al principio de la conversación. Alicia empezaba a sentirse molesta con la Oruga, por esas observaciones tan secas y cortantes, de modo que se puso tiesa como un rábano y le dijo con severidad:
--Me parece que es usted la que debería decirme primero quién es.
--¿Por qué? --inquirió la Oruga.
Era otra pregunta difícil, y como a Alicia no se le ocurrió ninguna respuesta convincente y como la Oruga parecía seguir en un estado de ánimo de lo más antipático, la niña dio media vuelta para marcharse.
--¡Ven aquí! --la llamó la Oruga a sus espaldas--. ¡Tengo algo importante que decirte!
Estas palabras sonaban prometedoras, y Alicia dio otra media vuelta y volvió atrás.
--¡Vigila ese mal genio! --sentenció la Oruga.
--¿Es eso todo? --preguntó Alicia, tragándose la rabia lo mejor que pudo.
--No --dijo la Oruga.
Alicia decidió que sería mejor esperar, ya que no tenía otra cosa que hacer, y ver si la Oruga decía por fin algo que mereciera la pena. Durante unos minutos la Oruga siguió fumando sin decir palabra, pero después abrió los brazos y volvió a sacarse la pipa de la boca:
--Así que tú crees haber cambiado, ¿no?
--Mucho me temo que sí, señora. No me acuerdo de cosas que antes sabía muy bien, y no pasan diez minutos sin que cambie de tamaño.
--No te acuerdas ¿de qué cosas?
--Bueno, intenté recitar "La cigarra y la hormiga", ¡pero todo me salió al revés! --contestó Alicia con tristeza.
--A ver; recítame "Sois viejo, padre Guillermo..." --ordenó la Oruga.
Alicia cruzó los brazos y empezó:
"Sois viejo, padre", dijo el joven,
"Vuestro cabello es ya de nieve,
¿No os da vergüenza a vuestra edad
Estar cabeza abajo siempre?"

...

--Eso no está bien --dijo la Oruga.
--No, me temo que no está del todo bien --reconoció Alicia con timidez--. Algunas palabras me han salido equivocadas.
--Está mal de cabo a rabo-- sentenció la Oruga en tono implacable, y siguió un silencio de varios minutos.
La Oruga fue la primera en romperlo.
--¿Qué tamaño te gustaría tener? --preguntó.
--No soy difícil en asunto de tamaños --se apresuró a contestar Alicia--. Sólo que no es agradable estar cambiando tan a menudo, sabe.
--Yo no sé nada --dijo la Oruga.
Alicia no contestó. Nunca en toda su vida le habían llevado tanto la contraria, y sintió que se le estaba acabando la paciencia.
--¿Estás contenta con tu tamaño actual? --preguntó la Oruga.
--Bueno, me gustaría ser un poco más alta, si a usted no le importa. ¡Siete centímetros es una estatura tan insignificante!
--¡Es una estatura perfecta! --dijo la Oruga muy enfadada, irguiéndose cuan larga era (medía exactamente siete centímetros).
--¡Pero yo no estoy acostumbrada a medir siete centímetros! --protestó la pobre Alicia con voz lastimera, mientras pensaba para sus adentros: "¡Ojalá todos estos bichos no fueran tan susceptibles!"
--Ya te irás acostumbrando --dijo la Oruga, y volvió a meterse la pipa en la boca y empezó otra vez a fumar.
Esta vez Alicia esperó pacientemente a que se decidiera a hablar de nuevo. Al cabo de uno o dos minutos, la Oruga se sacó la pipa de la boca, dio unos bostezos y se desperezó.
Después bajó de la seta y empezó a deslizarse por la hierba, al tiempo que decía:
--Un lado te hará crecer, y el otro lado te hará disminuir
"Un lado ¿de qué? El otro lado ¿de qué?", se dijo Alicia para sus adentros.
--De la seta --dijo la Oruga, como si la niña se lo hubiera preguntado en voz alta.
Y al cabo de un momento se perdió de vista.




Lewis Carroll, Alicia en el País de las Maravillas, traducción de Humpty Dumpty. Madrid, Accenture, 2001, pp. 79-87.
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